Martes, 22 de Enero de 2019

Un país convertido en una gran aldea de la solidaridad

Ciudad de México, Lunes, 25 de Septiembre de 2017.

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Mujeres distribuyen alimentos en el poblado de San Gregorio Atlapulco, de la delegación Xochimilco. Foto Carlos Ramos Mamahua

La mujer bajita carga una mochila de la que cuelga un casco. Mira hacia arriba al hombre que devora una naranja: Pase lo que pase, en México nunca nos faltará comida, ¿verdad?

No se refiere, claro, al programa Sin Hambre del gobierno federal, sino a la maravillosa escena que ocurre frente a sus ojos y los del hombre de la naranja: acaban de llegar, a las inmediaciones del edificio caído en la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma, dos decenas de barrenderos del mercado de La Merced. Caminaron desde allá con unos diablitos cargados con naranjas y tortas de jamón. Rápidamente instalaron su mesa de reparto y otros se lanzaron a distribuir su donación en las calles aledañas.

A un lado de ellos, varias mujeres sirven platos de mole verde con pollo. Más allá ofrecen emparedados y una cuadra adelante una familia busca a quienes requieran impermeables, adquiridos gracias a la donación que hicieron sus familiares migrantes en Los Ángeles. Mandaron el dinero, pero nos dijeron que tenía que ser entrega directa.

El apoyo de los migrantes

Somos voluntarios y venimos en ayuda de los hermanos mexicanos, para que de alguna manera estemos unidos en este momento, a fin de que este país salga adelante, que no nos dejemos caer, dice el barrendero Jesús Hernández, mientras acomoda los paquetes.

Ellos (los migrantes) piden que se haga directamente por todo lo que se ha visto, explican Jesús Bautista y Yolanda Pérez, quienes empujan un carrito para repartir los impermeables.

Las calles que rodean al edificio que cayó en Álvaro Obregón 286 son habitualmente un hormiguero de empleados públicos y privados, por el gran número de oficinas. Las escenas habituales han dado paso, desde el pasado martes, a una suerte de aldea de la solidaridad que incluye servicios de alimentos y médicos, espacios para recibir donaciones y organizar su distribución hacia otras zonas que lo requieren, masajes para los rescatistas y bodegas de materiales para el rescate.

En un extremo del Parque México hay un rincón, justo detrás de las cámaras de las televisoras y las agencias internacionales, donde desfilan sicólogos que buscan dar consuelo a las familias de las 46 personas que permanecen desaparecidas. Los que pasan por ahí guardan silencio e inclinan las cabezas.

Los familiares tienen vista hacia los escombros y las cámaras de los medios, a las que, de cuando en cuando, se acerca alguna autoridad o representantes de los rescatistas internacionales a dar alguna información. Se acercó, por ejemplo, el capitán de rescate español Juan Carlos Peña, a decir que si no tuviesen la certeza de que hay sobrevivientes, no estarían ahí.

Granaderos desganados

Todo esto ocurre en los márgenes del círculo de seguridad tendido en los alrededores del edificio caído. Hacia la calle de Sonora, soldados con brazaletes del Plan DN-III son acompañados por algunos elementos con armas largas (igual que los miembros de la Policía Federal que patrullan toda la zona, armas en ristre). Donde comienza la avenida Álvaro Obregón lleva varios días una valla de granaderos capitalinos ya un tanto desganados, porque en los primeros días parecían estar frente a maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y no frente a voluntarios que cada cinco segundos les ofrecen alimentos y bebidas.

Los barrenderos de La Merced pasaron primero al predio de Chimalpopoca y Bolívar donde, al mediodía, colectivos feministas montaron ofrendas en honor de las 21 personas cuyos cadáveres fueron sacados de ese lugar, donde funcionaban tres empresas. Ahí les dijeron que los trabajos terminaron y decidieron entonces seguir su caminata (otros dos kilómetros y medio) para llevar naranjas a los voluntarios.

Explotación en Chimalpopoca

El lugar se convirtió por unos días en emblema de la explotación laboral que remitió a muchos a la tragedia de las costureras en 1985. Así, mientras unas muchachas colocan amorosamente flores y diversas prendas en el suelo del lugar donde hubo un edificio, otros pintan un mural que combina flores con una máquina de coser.

En el centro, las activistas erigieron una cruz que pintaron de rosa y acompañaron con dos frases: Tu nombre es el mío y Vivas nos queremos.

Una joven lee un mensaje de los colectivos, que lo mismo alude a los feminicidas que al poder: “Si alguna sangre correrá será la suya… Para ustedes sólo habrá vergüenza, porque el orgullo siempre ha sido nuestro”.

En el hervidero de informaciones de Álvaro Obregón se discuten los detalles del rescate, pero también se comparte información sobre otros daños que, con el correr de los días, darán cuenta de que la ciudad no está cerca de la normalidad. Una joven empleada del Instituto Mexicano del Seguro Social, por ejemplo, comparte la lista de hospitales y clínicas con daños que afirma severos, y habla del empecinamiento de las autoridades para que regresen a laborar.

Las escuelas, en vilo

Por la tarde, el gobierno de Miguel Mancera y la Secretaría de Educación Pública federal informan que acordaron no reiniciar clases en las delegaciones donde se llevan a cabo labores de rescate. En el resto, los directores de las escuelas deberán exhibir un dictamen que certifica que el plantel es una construcción segura. Testimonios recabados por este reportero indican que muchos directores en delegaciones no afectadas esperaron en vano todo el domingo la entrega del documento. Se trata de escuelas que ya han sido revisadas y no sufrieron daños.

Al filo de las seis de la tarde reciben la instrucción de retirarse sin que les haya llegado el documento. Lo que sí recibieron fue una guía para docentes titulada Los primeros días en el aula después de la emergencia. Hará falta una guía para todo el país.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/09/25/politica/017n1pol





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