Jueves, 19 de Julio de 2018

Reghistorias

Los espantos que padeció Eligio al regresar de la Sierra

Acayucan, Ver., Lunes, 09 de Julio de 2018.

Reginaldo Canseco Pérez.

Ésta es la historia por demás extraña como asombrosa —pero no por ello menos creíble— que Eligio Fonseca Vázquez contó a su tío Eligio Fonseca Chareo, el otro Eligio Fonseca en su familia. En total eran tres Eligio Fonseca: su abuelo, su tío y él. Relató la aventura completa, desde el principio hasta el final, con todos los hechos que la integran y sin omitir detalle.

La narración de Eligio empezó así:

—Llegué a Loma de Sogotegoyo antes de la puesta del sol; sin novedad…

Efectivamente, Eligio Fonseca Vázquez, joven de 24 años, entregado a la compraventa de cerdos, originario y vecino de Acayucan llegó aquella tarde al humilde y desperdigado caserío de Loma de Sogotegoyo, ahíto de polvo, sudor y fatiga al final de una larga jornada a pie de doce horas, de 5 de la mañana a 5 de la tarde.

Era la primera vez que él, Eligio Fonseca Vázquez, remontaba la Sierra solo. En todas las ocasiones anteriores siempre lo había hecho en compañía de su tío, el otro Eligio Fonseca. Ambos en sociedad se dedicaban al mismo oficio: a la compraventa de marranos, por lo que regularmente subían a Loma donde compraban dos o tres puercos para retornar a revenderlos en Acayucan a don Macedonio Reyes y a don Juan Alcántara, entre los más renombrados matanceros.

Pero esta vez su tío Eligio Fonseca Chareo no pudo acometer la caminata a la Sierra. Se hallaba enfermo. Un fuerte catarro lo mantenía postrado. Sin embargo, era tiempo ya de subir a Loma. Así que lo envió solo, diciéndole: «Ve, sube a Loma de Sogotegoyo y compras allá dos o tres marranos. Si los animales son grandes te pedirán sesenta pesos por cada uno; regatea, pero… no, no se bajarán de ese precio; los serranos saben que eso es lo que vale un cochino grande; ¡ellos, los serranos, son más listos que nosotros!».

Entonces Eligio Fonseca Vázquez emprendió la jornada. Solo. Bueno, solo no, en compañía de Dios y de sus más íntimos pensamientos. Iba, desde luego, a pie.

—…Llegué a Loma, sin novedad. Entré en el poblado, y un rato después, apresurando las transacciones, merqué tres marranos: dos capones grandes, negros, de trompa larga y piel rugosa, y una cuina mediana del mismo color. Y, en efecto, pagué sesenta pesos por cada uno de los primeros y cincuenta por la última.

Bien: Eligio ya tenía comprados esos animales, pero ahora… ¿cómo iba a poder arrearlos él, Eligio, solito, por las catorce leguas que hay entre Loma y Acayucan? ¡No, no podría hacerlo solo!; necesitaba, entonces, un ayudante. Contrató para ello los servicios de Zenón Martínez: un muchacho indígena del lugar, trigueño, gordito y chaparrón.

Aquella noche, en Loma, pernoctó Eligio en uno de los jacales de Zenón. Quien le había invitado a cenar un plato de frijoles, tortillas, chile y una taza de café.

Al día siguiente, con el canto de los gallos, a eso de las 3 de la madrugada, Eligio salió de Loma de Sogotegoyo en compañía del serrano Zenón, emprendiendo el regreso a Acayucan, arreando los tres cochinos.

El camino descendía y ondulaba como listón amarillo tendido entre cerros y sabanas en medio de la cabellera negra de la noche; pasaron El Aguacate, también municipio de Hueyapan de Ocampo, y llegaron al arroyo Michapan cuando el día clareaba ya y se oía piar los pajarillos en las ramas de los árboles, por ahí de las 5 y media, todavía con el vaho de la madrugada que no tardaría en disiparse. El agua de la corriente a esa hora parecía hielo. Para que no les fuera a hacer daño se bañaron en sus orillas antes de vadearla. La cruzaron completamente desnudos con sus ropas dentro de los morrales que colgaban de sus hombros, apurando a los puercos. El riachuelo se abría paso entre piedras enormes y negras, y aunque era época de secas —transcurría abril— el caudal no había disminuido del todo en abundancia como en fuerza. Pero Eligio y Zenón, que conocían hasta con los ojos cerrados el vado, lo cruzaron sin mayor dificultad por donde lo hondo les llegaba apenas a las rodillas.

En cuanto estuvieron en el otro lado, vestidos nuevamente, reanudaron la marcha y subieron la cuesta a Cuilonia, arreando los marranos. Era una cuesta tendida. En grandes pláticas iban, riendo de cuando en cuando por cualquier cosa. Acá arriba el camino no entraba en Cuilonia, sino que pasaba por las afueras de la ranchería, reptando entre los milperíos. Entonces, de repente, empezó todo aquello para ellos; adelantito de Cuilonia. Sí, allí fue donde empezó todo eso para ellos y el espanto y la zozobra les calaron hasta los huesos, hasta el tuétano, y la risa y la plática y la alegría huyeron temerosas de sus bocas…

—Apenas acabábamos de dejar atrás Cuilonia. Zenón caminaba adelante de mí. Repentinamente, una culebra voladora le salió al paso; en la orilla del camino, de entre las matas de maíz salió. ¡Uh, Estaba bravísima! Era grande, larga, como de un metro ochenta centímetros y delgada. Lo empezó a corretear cantidad…

No lo dejaba.

«¡Que ya lo alcanzaba y no lo alcanzaba! ¡No lo alcanzó!»…

Zenón, al ver que la culebra se le iba encima, echó a correr empavorecido soltando los dos capones que arreaba; éstos se abrieron a los lados, de modo que él pudo huir a lo largo de todo el sendero.

—Yo le gritaba que se defendiera con el machete que cargaba en la cintura, dentro de su vaina. «¡Ora, párate, desenvaina el machetito y defiéndete de la culebra! ¡Párate!». Pero Zenón no me hacía caso ni me oía, creo.

Al contrario, Zenón, angustiado, corría y corría como alma que persigue el diablo. No paraba. No escuchaba. Ni volteaba. La culebra, estampada de colores, como suchilcoatl o como vestido de mujer, se dio cuenta de que no lo iba a poder alcanzar; y cejó en su intento y mejor regresó por donde había salido.

Encolerizada todavía, se detuvo a cinco metros de Eligio, erguida, siseando, con la intención de atacarle. Eligio también se paró. La cuina que llevaba quedó en medio, entre el reptil y él. Eligio temblaba de miedo, pero se armó de valor…

—«No voy a soltar mi cerda», pensé. ¡Gracias a Dios no me atacó!; en lugar de eso, se fue por el monte en redondo, así...

Eligio levantó el sombrero y el tecomate que Zenón había dejado caer al huir y se los dio. Luego agarraron de las sogas a los capones que ya andaban hozando por el campo a su gusto.

Zenón, por su parte, había quedado frío;  frío y pálido. Pero, así y todo, continuaron el camino. Dos horas más tarde éste ardía en calentura. Eran las nueve o las diez de la mañana, y el sol comenzaba a calentar el día.

Bajo la copa de unos arbustos de la orilla del camino, junto a un arroyuelo, Eligio y el serrano hicieron alto. El segundo, extenuado por la fiebre, no esperó más y se tendió a dormir. Pero Eligio, que era presa del desasosiego, se sentó a cavilar. Tanto caviló que vino a apoderarse de su alma un pesado sueño, el cual creció más y más con el arrullo del arroyito y no podía ya mantener abierto los ojos, por más esfuerzo que hacía para ello; así que también se acostó a dormir.

—Despertamos con el sol en el cenit. En seguida, apurados, reanudamos nuestro camino.  Habíamos dormido dos o tres horas; no sabíamos cuántos con precisión…

«Caminábamos y caminábamos…

Y seguíamos caminando.

Pero el camino no se acortaba, se alargaba; o al menos así lo sentíamos a nosotros… ¡No parecía tener fin! Y Zenón se quejaba mucho; no paraba de quejarse.

«Yo le decía: “¡Aguántate! Los carros ‘durmienteros’ ya deben andar cerca. En cuanto localicemos uno le pediremos que nos lleve a Acayucan”.

«Allá adelante distinguíamos Ixtagapa…».

El sol se ocultaba, destiñendo al mundo, cuando Eligio Fonseca y Zenón Martínez llegaron a una tonga de durmientes.

—Zenón ya no quiso caminar. «Hasta aquí llego», dijo. Amarró los dos capones que arreaba a un poste, trepó la tonga y se arrellanó a dormir. Yo le supliqué que adelantáramos, pero por más que le dije y le rogué no aceptó. Entonces me resigné. Había un montón de durmientes, lo que quería decir que los carros ‘durmienteros’ hasta por allí llegaban; sin embargo, no me quedó otra que hacer lo mismo que él: subir…

«La tonga tenía como dos metros de alto. Eran como las 8 de la noche, cuando más… Nos dormimos. Al menos yo me quedé profundamente dormido. Al pronto, desperté y vi que el resplandor del amanecer ya estaba en el horizonte. Según yo…

«Inmediatamente observo que a la misma mano de la tonga, pero a treinta o cuarenta metros al fondo, hay un rancho milpero (sin paredes) con el fogón encendido, que medio alumbra el lugar, y en torno al fogón veo siluetas de mujeres que cocinan y se entrecruzan en el trajín y hasta mis oídos llega claramente el palmoteo con que están haciendo tortillas, así como también las risas y el rumor de la plática que tenían… Eran siluetas de mujeres que andaban ya levantadas.

«Entonces comencé a sacudir a Zenón, para levantarlo. “¡Vámonos, vámonos, ya está amaneciendo!”. “No, si no he dormido”. “¡Cómo que no has dormido, ya es tarde, vámonos!”.

«Lo senté como pude, y ni sentado quiso pararse; se volvió a acostar. Yo le seguí argumentando: “Mira, esa gente ya se prepara para ir al trabajo. Ya va a amanecer”».

Pero el serrano Zenón no entendía palabras, estaba el hombre completamente dolorido, o quien sabe qué es lo que tenía porque no quería caminar. Por último, Eligio optó por bajar, agarrar la cuina que llevaba y enfilar solo.

Zenón Martínez, desde arriba de la tonga, quedó mirando extrañado cómo Eligio (que era delgado y de media estatura, que vestía pantalón de mezclilla y camisa manga larga, al igual que él) en lugar de caminar para Acayucan se volvía a la Sierra, desorientado o confundido.

Entonces si bajó Zenón y, corriendo, lo fue a regresar gritándole:

—¡Párate, párate! ¡Vas mal! ¡Vas mal!

Y el otro, en tono sarcástico, le replicaba:

—¡No hombre!; el que está mal eres tú.

Zenón, a su vez, le atajó, diciéndole:

—¡Espera!, volvamos a la tonga y ahi verás que vas mal.

Entonces regresó Eligio con él. Dice Zenón:

—¿A qué mano taba la tonga cuando llegamos aquí?

Contesta Eligio:

—A la izquierda.

Y sí, así era, pues.

—Y ahorita, ¿a qué mano la tienes como ibas hace un momento?

—¡Ah pues la tenía a la derecha, porque había caminado de regreso a la Sierra!

(Eligio recordaría con simpatía a través de los años y las décadas, ahora ya en su vejez, la ingeniosa forma con que Zenón lo sacó de su error).

—¡Bueno! ya me convenciste. ¡Vámonos!

Zenón, ahora, por fin, aceptó reemprender con él el regreso a Acayucan.

Adentrados en los llanos de Acayucan, cerca de Las Hojitas, ambos hombres abandonaron el camino que traían y se internaron a la derecha por el Camino de la Carreta que allí nacía o se unía al otro, y por donde Eligio Fonseca Vázquez acostumbraba a entrar o salir de Acayucan.

No había luna, pero había innumerables estrellas que guiaban a los dos hombres en su marcha.

Traspusieron el arroyo El Arenal. En cierto lugar, bajando al arroyito Quita Calzón, ya en los montes de las afueras de Acayucan, Eligio, con su lámpara de mano, buscó a Zenón, pues se le había adelantado, y lo vio allá abajo en el camino.

—¡Uh!... caminaba yo escudriñando a distancia, con mis ojos jóvenes, sanos, limpios, como de gavilán, o, mejor, como de búho; así, a unos treinta o cuarenta metros al fondo, traspasando la oscuridad…

Zenón avanzaba en el plan de allá abajo, con esos huaraches, arreando los dos capones y ya estaba por cruzar el Quita Calzón; y Eligio acá arriba todavía, que llega a su vez al plan del fondo cuando Zenón ya iba repechando para las fincas de los Fonseca; oyó entonces que allá arriba Zenón saludó (o mejor dicho que habló con alguien, sin poder descifrar sus palabras); y Eligio concluyó: «Es gente que ya se dirige al trabajo». Pero cuál no sería su sorpresa: ¡nadie se cruzó con él! Subió la cuesta, luego de vadear El quita Calzón, pegado a la finca de uno de sus tíos, arribando frente a la finca de otros tíos (el Mangal de los Fonseca), y por más que escudriñaba con el haz de la lámpara no encontraba a Zenón: había perdido al hombre. Apresuró el paso, preocupado, y lo siguió y lo siguió y lo siguió por el camino, desesperado porque ¿por qué Zenón había desaparecido? ¿Qué le había sucedido?, se preguntaba Eligio.

Lo alcanzó como a doscientos metros adelante del Mangal de los Fonseca (ubicado a mano izquierda del Camino de la Carreta, así como venían, buscando la entrada del pueblo). Zenón estaba parado a la orilla derecha del camino, soplándose acalorado con el sombrero. No bien ve a Eligio acercarse, le dice:

—¿Qué, no te espantaron?...

—¿A mí?, no. ¿Por qué?

—Ahi —explica con trémula voz Zenón— iba un siñor a caballo, bajando al arroyito Quita Calzón, y yo, yo subía pa acá; entonces pos yo… el jinete, al que le sonaban las espuelas, se abrió con su macho y yo pos lo saludé, le dije: «Güenos días, siñor», pero él ni me contestó.

—¿Cómo que no te?...

—No, no me contestó… Yo seguí caminando como si nada, pero luego voltié a buscarlo y ya no taba. A mí se me figuró que era algo malo y se me enchinó todito el cuero; en aquel momento empezó a soplar un ventarrón que hasta zarandeaba las ramas de los árboles. Y los cuchis, con los pelos parados, salieron disparados, casi arrastrándome. ¿Tú no lo topaste?

—No, conmigo nadie se cruzó.

—¡Ahi iba en la bajada aquel hombre, montado en un animal enorme, negro!, yo lo vi en medio de la oscuridá. Vi los dos bultos: el de la bestia y el del jinete, que se hacían a un lado al encontrarse conmigo.

Eligio y Zenón continuaron avanzando ahora en absoluto silencio. Adelante el Camino de la Carreta empezó a correr transversalmente, recargándose a la izquierda de ellos, en busca de la entrada del pueblo, por la parte noroeste del mismo.

Eligio venía muy intrigado: ¿por qué no amanecía aún? ¡Desde cuándo debía ya haber amanecido, haber aparecido los primeros rayos del sol del nuevo día, de acuerdo con las señales que él había descubierto en el horizonte al despertar en la tonga de durmientes, allá atrás…

Pero no amanecía, la noche parecía eterna; sin embargo, ahora que están ya por entrar en Acayucan, tal vez la aurora esté a punto de llegar de un momento a otro…

¿Qué horas eran?...

¡Al fin! Eligio y Zenón entraron en el pueblo de Acayucan, arreando los marranos, siguiendo el Camino de la Carreta. Éste antes pasaba frente a la finca Pereyra, por donde empezaban las primeras casas.

Cruzaron, siempre siguiendo ese camino, la primera callecita —la Gutiérrez Zamora— y después la 5 de Mayo, y entre ésta y la Guerrero bajaron y antes de topar con la última calle mencionada, por la orilla izquierda del Camino de la Carreta llegaron al domicilio de Eligio, que era una casa de ladrillo y tejas, con corredor al frente; y lo primero, lo primero para él, todo en uno, fue entrar y ver el reloj de pared… y quedó anonadado, y por un momento no podía dar crédito a lo que sus ojos veían… ¡Eran las 4 de la madrugada! ¡Todavía faltaba mucho para el amanecer! ¿Qué es lo que había pasado?... Entonces, ¿a qué hora habían reiniciado ellos el camino a Acayucan al bajar de la tonga?... La respuesta, más intuida que calculada, lo colmó de asombro: en la media noche. Eligio comprendió, de golpe, que el resplandor que anunciaba el amanecer en el horizonte horas antes, visto desde arriba de la tonga, no había sido otra cosa que una mera visión o encantamiento…

—Por eso Zenón me decía que no había dormido, y tenía mucha razón…

Eligio se olvidó por lo pronto del asunto, pues venían muy cansados y Zenón no dejaba aún la calentura que había agarrado allá arriba. A esa hora dormían sus tíos y su abuelo. Y no los quiso despertar. Amarraron los cerdos a los arbustos del patio y entraron a dormir.

En la tarde, después de haber descansado más que suficiente, contó a su tío Eligio Fonseca Chareo toda esta historia que le había sucedido en el camino en compañía de Zenón al regresar de la Sierra. Su tío lo oyó en silencio, sin interrumpirle…

Terminé de relatar a mi tío esta extraña aventura. Al final sólo me dijo: «Ahora que subamos a la Sierra me vas a enseñar dónde está ese mentado rancho milpero, ¿eh?»...

A los tres días ahí íbamos los dos Eligio, mi tío y yo, subiendo una vez más a la Sierra.

Llegamos al pie de la tonga de durmientes.

—¿Ésta es la tonga? —me preguntó mi tío.

—Mira, sí; ahí están todavía las huellas donde los puercos anduvieron hozando.

—A ver, súbete —me dijo.

Lo obedecí. Luego, parado sobre la tonga, con la diestra de visera, atisbaba yo a un lado y a otro.

—¿Dónde, dónde está el rancho? —me urgía mi tío.

Pero… ¡nada! No había rancho a la redonda. Era una sabana enorme y silenciosa.

No había indicio de que ahí hubiera habido un ranchito milpero y menos mujeres cocinando. Sí, ahora que lo recuerdo reparo en que sólo vi mujeres. ¿Qué había sido todo eso?... ¡Aquél sería el enigma que nunca podría yo desenmarañar!

Mi tío, parado al pie de la tonga, me rescató de mis reflexiones:

—Ahí no hay ningún rancho. —Me dijo—. No, no hay nada. ¿Te convences? Cuando tú te apeaste de la tonga ya te habían dominado esas mujeres, las chanecas. Por él, Zenón, que te regresó, no te perdieron. ¡No hombre, más adelante te hubieran desviado y metido en una brecha quién sabe adónde!

A mí me quisieron jugar las chanecas en la tonga, pero a él, a Zenón, lo acabaron de fregar aquí llegando, después de pasar el arroyo Quita Calzón, ¡ehjjj! con ese otro espanto. (El Quita Calzón era la última corriente que atravesaba el Camino de la Carreta antes de entrar al pueblo; o la primera, al salir).

Aquel muchacho Zenón (pues en ese 1933 era joven), nunca más —¡lo juró!— volvió a entrar en Acayucan o a salir de él por el Camino de la Carreta.

Aquella mañana le recibí a Zenón los capones, le pagué su jornal de tres pesos, y se regresó a la Sierra; ¡pero por aquí! [y don Eligio señaló al frente de su actual domicilio, que comparte con su esposa doña Manuela Lajud Hipólito], saliendo por esta calle Moctezuma, con dirección norte, que es el viejo camino de la Sierra, evitando hacerlo por el Camino de la Carreta, que hoy se llama calle Lerdo, y sobre todo eludiendo el arroyito Quita Calzón. ¡Y no volvió a caminar por ahí, ni por todo el oro del mundo!

reginaldocanseco@hotmail.com





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