Martes, 22 de Enero de 2019

Reghistorias

El loco, el cuerdo y la publicidad electoral

Acayucan, Domingo, 24 de Junio de 2018.

Reginaldo Canseco Pérez.

Un hombre anónimo camina al anochecer por la ciudad, con dirección al centro (no hay por qué decir aquí Colonia); es un ciudadano común y corriente; entonces no es extraño verlo recorrer las calles de esta manera sencilla y ordinaria. Lo insólito sería mirar a un hombre o a una mujer con las características diametralmente antagónicas hacer lo mismo.

Avanza sin prisa por las calles, disfrutando cada paso, como si fuera la primera vez que las hollara; se sorprende de las perspectivas que se abren ante él y que le parecen inéditas, va descubriendo detalles que le eran ignotos, se maravilla de los modernos edificios y las antiguas casas que aún permanecen en pie casi milagrosamente; siente un inefable y especial gozo al transitar bajo sus seculares portales, a tal punto que termina extraviándose a causa de este encantamiento; pero, de pronto, nota otros aspectos  que deshacen el hechizo y lo desencantan y lo regresan a la realidad citadina como por milagro, sin haber tenido que recurrir a la fórmula mágica de voltearse la camisa al revés o colocarse el sombrero en posición contraria (que no podría realizar porque no lleva), u otro rito acostumbrado para contrarrestar algún sortilegio, como los que llevan al cabo las personas que se pierden en el campo por travesura de las chanecas o los chaneques y sólo así logran desencantarse y encontrar el camino de vuelta a la realidad ordinaria. Esos otros aspectos que, al percatarse de ellos, lo han redimido del éxtasis y lo han ayudado a encontrar el derrotero a nuestra realidad, como eficaz amuleto, son los montones de basura con que tropezó y adornan las esquinas y, sobre todo, la acumulación exagerada de la propaganda electoral que afea la localidad y todo el país. A donde volteas a ver se te contamina la vista por ello en contra de tu voluntad. Toda forma y clase de publicidad de los candidatos son aglomeradas en los postes, las bardas y las barandillas de los balcones, en las propias pilas de basura y en los espacios más inverosímiles y disímiles, sin faltar en la televisión, la radio y los desmesurados aparatos de sonido que aturden y contaminan tanto el oído como el cerebro de los ciudadanos que se hallan en la otredad e indefensión ante la clase política. ¡Estamos en época de campaña electoral!

El hombre ha llegado al fin a la zona céntrica. Se deleita al cruzar el agradable ambiente del parquecito Solidaridad, en la parte trasera del palacio municipal. En este momento lo acaricia un soplo del norte que refresca la temprana noche. Se detiene un segundo en la acera de la calle Guadalupe Victoria. Tiene la intención de subir al parque principal, situado frente del palacio, al este de donde está, más en el ínterin ve algo que llama poderosamente su atención: en la acera de enfrente un loco se ha detenido al tropezar con un cartelón de aproximadamente 80 centímetros de ancho por un metro y veinticinco centímetros de largo, enmarcado con madera y provisto de dos patitas del mismo material, derribado y pisoteado por los viandantes, al borde de la banqueta. Es una publicidad de campaña electoral, fuera de su lugar y tirada, convertida ahora en basura. El alienado queda estático, con los ojos pegados en la pancarta tendida junto a la punta de sus pies desnudos, con aire de comprenderla; y súbitamente un brillo pícaro anima sus pupilas y su rostro, indudablemente como producto de una ocurrencia; gira de inmediato a contemplar ávido a los transeúntes que pasan a su lado comprobando que son indiferentes al mensaje electoral del candidato de aquel partido político a un puesto público que alberga el deseo patriótico y vehemente de entregarse en cuerpo y alma al servicio desinteresado de su pueblo, se vuelve raudo al cartel, lo alza y lo recarga con corrección en la pared frontal de una farmacia: ahora el despojo ha vuelto a ser parte activa de la propaganda electoral de un candidato. No ha podido quedar en mejor ubicación, en medio del conjunto de profusas luces de los negocios: una zapatería, la farmacia y una oficina. Los posibles futuros electores al pasar por enfrente lo podrán ver y leer nítidamente de cerca o de lejos. El orate se retira a prudente distancia y espía. Es un hombre de mediana edad, flaco, alto, sucio, cubierto de harapos, el cabello enmarañado y cochambroso que deambula todos los días por la zona centro. Los ciudadanos franquean el lugar ignorando el mensaje del candidato y al chiflado. Van y vienen. Vienen y van. Sin detenerse a leer el susodicho comunicado. El ido observa atento y divertido. Repentinamente empieza a saltar de un lado a otro y a gritar y a carcajearse: ¡NO LE ENTIENDEN! ¡NO LE ENTIENDEN! ¡JA, JA, JA...! ¡NO LE ENTIENDEN! ¡JA, JA, JA!, en tanto señala con índice de burla a los peatones. Algunos del público se vuelven a mirarlo, quizá sorprendidos, quizá compadecidos o quizá curiosos. La mayoría hace caso omiso. El enajenado, sin dejar de reírse desaforadamente como loco, se echa a las espaldas el cartelón de la publicidad electoral y se encamina por media calle rumbo al parque central. Los automovilistas le tocan las bocinas para que se haga a un lado o para mentársela. Pero a él le importa un comino y se extravía en la noche, en busca seguramente de un espacio más ad hoc para repetir su test.

El hombre que lo ha atisbado queda atolondrado por el cúmulo de ideas que aquello le ha provocado y que le agita el espíritu: «¿Acaso es necesario estar trastornado de remate para poder descifrar el lenguaje cifrado y el mensaje de los políticos, tan lleno de poses, demagogia, falto de sinceridad y discrepancia entre su palabra y los hechos? ¿O tal vez el desequilibrado es el cuerdo y nosotros los locos?».

Todavía confuso, el hombre se retira del fortuito mirador con cierto recelo, teniendo la leve sospecha de que así como él ha acechado aquella escena alguien igualmente lo observa a él.

 

reginaldocanseco@hotmail.com





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